Nuestro mejor papel
Carl Sagan dijo alguna vez que somos
el ejemplo de lo que los átomos de hidrógeno pueden hacer si les da quince
billones de años de evolución cósmica.
Cuando la profundidad de este tipo de reflexiones finalmente inunda todo
nuestro ser, el sentido de gratitud por ser parte de este misterio nos trae a
las lágrimas.
Cada uno de nosotros representa
entonces el intento del universo de manifestarse en una conciencia que lo pueda
observar. En este sentido, la exploración de nuestras particularidades ha de
ser el motor de nuestras acciones. Lo
paradójico del asunto es que muchas veces este no es el caso debido a nuestra
tendencia a actuar buscando la aceptación social. El ser aceptados en sociedad es una necesidad
humana, sin embargo, cuando abandonamos totalmente nuestra individualidad para
evitar el rechazo, nos estamos haciendo un flaco favor.
Si reprimimos las
particularidades instintivas que constituyen la base de nuestra valía personal,
terminaremos llevando sobre los hombros la carga de un resentimiento silencioso
que poco a poco nos sume en la amargura y la depresión.
Debemos a toda costa vivir en la
expresión de lo que habita en nuestro interior. La honestidad de este tipo de
aproximación a la vida se ve reflejada en la vitalidad que acompaña nuestras
acciones. Esta manera de vivir nos hace contemporáneos de nuestro propio
presente. Los escapes melancólicos hacia épocas doradas de la niñez se disipan
para darnos nuevamente acceso a la visión inmensa y contemplativa que es nuestro
derecho de nacimiento. Esta vez, sin embargo,
está acompañada por la sabiduría de años de la experiencia reflexionada
y la certeza de nuestra finitud.
Permitámonos desplegar la totalidad de nuestra historia.



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